Nostalgia de Absoluto
© Francisco Giménez Gracia
(El prestigio moral del socialismo III)
En días anteriores señalábamos que el socialismo tiene una capacidad ilimitada de digerir los asesinatos, los desmanes y la miseria que provoca sin que ello afecte a su buen nombre, y atribuíamos esta inmunidad frente a los hechos a que el marxismo se presenta con las credenciales propias de una filosofía o de una economía política; pero se comporta y se configura como una religión, y, como tal, despierta entre sus fieles el mismo tipo de adhesión ciega y fanática que genera cualquier religión, digamos, dura. Nos queda por ver de dónde (nos) nace esa pulsión por negar la realidad, ese ansia de creer, de adscribirse fanáticamente a una religión que, a cambio de sus crímenes, no ofrece ni siquiera el consuelo de la espiritualidad. Y la clave de semejante bóveda melancólica estaría precisamente ahí, en tratarse de una religión sin espíritu, una religión del “más acá”, surgida en una coyuntura histórica en la que las ciencias positivas parecían capaces de dejar sin clientela ilustrada a las religiones tradicionales que daban muestras de no contar, frente a la nueva ciencia, con fundamento alguno que sostuviera la creencia en el “más allá”. El marxismo, en efecto, vino a instalarse en el inmenso vacío dejado en la cultura occidental por lo que Nietzsche denominó la “Muerte de Dios”, una quiebra que dio lugar a lo que George Steiner definió con una expresión evocadora y abismal: “Nostalgia de Absoluto”.
Debo pedir perdón por tomar los nombres de Nietzsche y Steiner en vano, pero así dejo caer un par de pistas para que los más letrados puedan seguir leyendo, mientras los más temerarios aprovechamos para ir al grano: lo que les quiero decir es que el marxismo (el socialismo, el comunismo) salva con su ideología el abismo desolador de la desacralización del mundo natural y social provocada por la implosión de la ciencia del XIX. Y es esa desacralización, esa falta de misterio, de milagro, de drama, de sentido, de calor…, la que nos resulta muy difícil de soportar; a todos, además, por mucho que nos creamos la mar de laicos y de duros. La “Nostalgia de Absoluto” alude a la necesidad de sustituir al Dios en que se ha dejado de creer, para que su ausencia no nos aboque a una vida sin dirección, sin propósito, sin guía y sin esperanza. El marxismo supo atender una mesa vacía y servir a unos invitados hambrientos un festín de ideales cálidos, de propósitos emancipatorios, de esperanzas sociales y de sentido de la Historia. Pero, por encima de todo, el marxismo supo alentar en sus seguidores ese atavismo inscrito en el código genético de nuestra especie: el sentimiento de pertenencia, el dulce y familiar olor del establo que ofrece cobijo al rebaño del que formamos parte: la horda, la tribu, el sindicato, el Pueblo Unido, la Gente...
Así las cosas, se entiende que el marxismo no se vea afectado jamás por ningún análisis crítico que lo confronte con la realidad; porque los fieles comunistas no se sienten comprometidos con datos, sino con Ideas, y las Ideas siempre son más fuertes, más nobles, más interesantes, más ardientes que los datos. De modo que no le vengas tú a un comunista con que Stalin mató a tantos o cuanto millones de inocentes, porque el marxismo está muy por encima de Stalin y de sus putos muertos. Ni le cuentes de las hambrunas de Venezuela, porque donde tú ves falta de alimentos, ellos proclaman un banquete donde se hermanan la Revolución, la Dignidad y la Esperanza. Ni le demuestres con datos incontestables que Andalucía es la región más corrupta de Europa, porque eso son contingencias, detalles, pero no afecta a la esencia del socialismo, que es la defensa del débil y de los compañeros y las compañeras. Ni le vengas a un socialista con mariconadas de que la tesis de Sánchez ni es tesis ni es de Sánchez, porque una tesis de mierda (nunca mejor dicho) no es nada al lado del Bien que el socialismo significa para la Gente. Y no hay hambrunas, ni cifras de paro, ni fraudes, ni abusos, ni nada en el mundo mundial que pueda ensombrecer el faro del socialismo, cuya luz perpetua ilumina el camino hacia la salvación del Pueblo y la Gente, de los compañeros y las compañeras. Y así hasta que el cielo de los marxistas se desplome sobre nuestras cabezas, o, como dice mi madre, hasta que nos coma la mierda, y santas Pascuas, y que por nadie pase.



