Más y mejor que Dios
© Francisco Giménez Gracia
(El prestigio moral del socialismo II)
En una entrega anterior nos admirábamos de cómo el socialismo (o marxismo, o comunismo) mantenía sus credenciales éticas intactas; celebrábamos que nuestra cultura se hubiese vacunado frente al nazismo, y lamentábamos que los más de cien millones de muertos que debíamos al comunismo no pesaran lo suficiente como para impedir que esta ideología totalitaria siguiera hoy desplegando sus símbolos, sus textos, sus consignas y sus banderas al viento, con la carita de ángel de quien nunca ha roto un plato y la pretensión de ser la conciencia moral de la Civilización.
El socialismo realmente existente, en efecto, se viene mostrando desde hace ya más de un siglo como un notorio asesino múltiple que consigue que sus crímenes resulten, prima facie, invisibles; y que cuando ya rebosan por todas las costuras de lo innegable, pasen a ser alimento moral para los intelectuales de la izquierda, que proceden, sucesivamente, a deglutirlos, digerirlos y defecarlos bajo la especie excrementicia de considerarlos un mal menor necesario para “el progreso de la humanidad”. El motor que permite esta monstruosa digestión de la “memoria histórica” desvela una estructura religiosa. El marxismo, en efecto, es una religión mesiánica con todas las de la ley; una religión que prescinde de Dios, pero que tiene en Carlos Marx a su Mesías Redentor. Una religión con sus textos sagrados: el Antiguo Testamento de los socialistas utópicos y el Nuevo Testamento de Marx y Engels (la de disparates que llegó a escribir este hombre, por cierto).
Una fe ardorosa de la que dan testimonio sus santos y sus mártires: Santa Rosa de Luxemburgo, San Yuri Gagarin (jaleado por la propaganda oficial como “el hombre que no vio a Dios en el espacio”), San Olof Palme, y tantos y tantos más, el más rutilante de los cuales es San Ernesto Ché Guevara, un asesino homófobo en cuya hagiografía se entrecruzan las melenitas del Cristo del Pompillo, con las hazañas de un Rambo enloquecido. Una religión que cree en el Demonio: el Capital, fuente y sostén de las tentaciones, pecados e iniquidades propios del consumismo burgués. Una religión que desarrolló sus propias herejías: el trotskismo, la socialdemocracia…; y sus sectas: el eurocomunismo, el socialismo de la Cuarta Internacional, el estalinismo, la vía yugoslava, la vía vietnamita, el castrismo, los podemitas… Una religión cuyas sectas, iglesias y herejías combaten entre sí con ferocidad desplegada en cárceles, purgas, manicomios, paredones… Una religión en la que Lenin sustituye a San Pedro como fundador del Partido Comunista de la Unión Soviética, la Iglesia Nuclear, “El Partido” por antonomasia, origen y modelo de todos los demás. Una religión en cuyas parroquias (pisos francos, sindicatos, casas del pueblo…) nadie se fía de nadie y donde todos son enemigos de todos. Una religión en la que no falta una poderosa clase sacerdotal y teologal: los intelectuales comunistas, pastores del Pueblo en la larga travesía por el Sinaí de la explotación y la alienación que anteceden a la conquista de la Tierra Prometida del Comunismo. Una religión escatológica que anuncia un Apocalipsis Revolucionario, cuyos cuatro Jinetes (el Capitalismo, el Imperialismo, el Mercado y el Neoliberalismo) no podrán impedir el triunfo final del Pueblo, la Salvación Universal, la sociedad sin clases, el Jardín del Edén, el mundo sin contradicciones, el Paraíso en la Tierra; un Paraíso al que no se llegará sin antes pasar por una Dictadura del Proletariado en la que se extirpará el Mal, el Anticristo, que ya se sabe que tiene muchos nombres y largos tentáculos, y de ahí que los millones de fusilados sean considerados como un mal menor imprescindible para alcanzar la Salvación, porque muchos son los llamados, pero pocos los elegidos.
Una religión, en fin, que ha venido a colmar la crisis de fe que la ciencia moderna desata en el mundo postilustrado, que es la verdadera clave que explica el que aún quede gente buena y sensata que se siga aferrando a esta ideología espantosa, que por nadie pase. Pero esto será materia de una tercera entrega de esta serie de sueltos, que, en palabras de los autores invisibles de las Mil y una noches, “contiene enseñanzas dignas de ser grabadas con punzón de coral en el fondo de la pupila.”


