Carajillo quemado



El corazón late de una manera rítmica. Un latido; otro; otro. Muy previsible todo; pelín tedioso. ¿Pero y si el corazón decidiera acompasarse a lo que sucede en la cabeza? Eso es lo que le ha sucedido, incauto, al corazón de Pacosofo. No hay cabeza más bulliciosa, más preñada de ocurrencias, más saturada de agudezas, más colmada de ingenio. ¿Acompasarse a esa cabeza? ¡Vana tarea! Y, claro, el corazón, en tan imposible afán empeñado, se ha desbaratado.



Pero San Pedro no ha querido abrirle la puerta; dice Cristina que porque no llevaba puesta su pajarita y esa no era manera para un dandi como él de presentarse en tan solemne lugar.



El azar, al quite, nos concede la gracia de gozar de este cabronazo mucho tiempo más. Porque a Pacosofo no es que se lo quiera o se lo aprecie; es que se lo goza. Uno lo escucha, uno lo lee y, oiga, qué manera de gozar. Sus enemigos, de hecho, lo odian porque no pueden evitar gozarlo.



Hoy he ido al Café Bar Río, su rincón predilecto del casco viejo. Y me he tomado un carajillo quemado, una exquisitez que vino a descubrirme él. Este no se libra de invitarme a unos cuantos. Por el susto que nos ha dado. Que siempre anda inventando.

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