Belfast: historia, religión, política
@Juan José Lara
¿Qué lleva al viajero a Belfast? No se acude a Belfast
por las mismas razones por las que se va a otra parte del Reino Unido o a
Irlanda. No se va solo por el paisaje, por la ciudad, por el inglés. Belfast
desprende aún el morboso aroma a conflicto. Se trata, pues, de un viaje con
cierta motivación política. Y aunque el conflicto superó ya la etapa bélica
para hacerse netamente político, el viajero descubrirá un substrato que palpita
aún de manera enérgica. El viajero encontrará una muestra vívida y candente de
la problemática norirlandesa.
Belfast es la capital de Irlanda del Norte. Irlanda
del Norte es un pedazo geográfico de la isla de Irlanda y un pedazo político
del Reino Unido. Su costa es la misma costa escarpada y magnificente del resto
de la isla. Sus campos son los mismos pegujales de un verdor hiriente. Su
lluvia es la misma lluvia, perenne y limpia. Pero Irlanda del Norte es una de
esas regiones donde la historia gravita, onerosa, sobre la vida de las gentes. El
aire viene saturado de tiempo pretérito, de dolientes recuerdos.
Los atractivos principales de Belfast, cuestión
política aparte, vienen dados por el ayuntamiento y el Titanic. El edificio del
ayuntamiento conforma el centro neurálgico de la ciudad, especialmente de los
turistas. Pareciera emplazado de tal manera que el paseante haya de toparse con
él por fuerza. Se trata de un edificio neoclásico, con elegancia sabiamente
conjugada con la robustez, que hace gala de una cúpula ostentosa. La
edificación hace las veces de línea divisoria: la zona de negocios a su
espalda, la comercial ante sí. No obstante, somos muchos quienes tenemos el
edificio de la universidad, The Queen’s University, como el más bello ejemplar
de la ciudad.
Belfast fue la cuna de la Revolución Industrial, y
algún vestigio queda. Especialmente significativo resulta el edificio de Murray, Sons and Company, erigido en la
primera década del siglo XIX. El tabaco, sin embargo, ya no es lo que era y la
compañía cerró hace años. Junto al edificio se sitúa el hotel seleccionado por
este viajero, el Holiday Inn Express, y a buena fe se trata de una excepcional
elección: por emplazamiento y por la relación entre calidad y precio.
En Belfast se hace menester encaramarse a uno de esos
autobuses turísticos. El viajero se llegará así a los míticos astilleros donde
se construyó el Titanic: explanadas eternamente mojadas donde bufa un aire
cortante. Explanadas sin más atractivo que haber confeccionado el barco de la
tragedia hecha poesía por el cine.
Por lo demás, tampoco hay mucho que ver en Belfast.
Las típicas casonas victorianas, afectadas de cierto barroquismo, constituyen
el principal encanto. Especialmente recomendable resulta, en este sentido, el
bar The Crown. Puede allí el viajante oficiar de turista ortodoxo y probar el
Ulster Breakfast, que no es otra cosa que un plato de frituras varias e
igualmente pesadas.
Es posible la excursión a Derry, una bella ciudad
amurallada a hora y media en coche desde Belfast. Aunque la visita obligada,
según las guías de viajes, viene dada por la Calzada del Gigante. Se trata de
una costa con curiosas formaciones rocosas y un suelo pedregoso de interés
geológico. En una encuesta reciente, los irlandeses la seleccionaron como la
visita turística más decepcionante del mundo. Tal vez haya cierto exceso en
dicha opinión, pero no debe de andar muy desencaminada.
En este punto da comienzo la parte suculenta y
escabrosa de la visita. El visitante se dirige sus pasos hacia los barrios, en
pos de los míticos grafitis (‘murals’, los llaman los lugareños). De repente se
abre ante el turista un espectáculo desconcertante: segregación religiosa en
uno de los más avanzados países del mundo. Los barrios de Belfast se dividen
aún en los católicos proirlandeses y los protestantes unionistas. Uno sabe
inmediatamente de qué cariz es el barrio en que se encuentra. La bandera
irlandesa se halla omnipresente en los barrios irlandeses, la Union Jack en los
unionistas. En los barrios irlandeses hay sedes del Sinn Féin, en los
protestantes, no. Y los murales. En los
barrios proirlandeses, hay grafitis a mayor gloria del IRA y de una Irlanda
unida. En los barrios protestantes, los grafitis celebran la Orden de Orange y
los grupos paramilitares que combatieron al IRA (la Ulster Volunteer Force o
los Ulster Freedom Fighters). Es motivo de especial orgullo entre los
protestantes la aportación de Irlanda del Norte al ejército británico en las
dos contiendas mundiales.
Mural protestante
Mural republicano
El visitante puede hablar tranquilamente con los
lugareños; el tema no es tabú y las gentes disfrutan exponiendo su visión. Eso
sí, pocas sorpresas depara aquí la visita. El protestante afirma que son ellos
mayoría y que Irlanda del Norte pertenecerá por siempre al Reino Unido. El
católico arremete contra la injusticia histórica y cree que, dado el error del
Brexit, se ha abierto una grieta en la situación actual. En un barrio católico,
pregunto una dirección a un viandante, pelirrojo, robusto, desaliñado. Se
presta a oficiar de guía durante un buen rato por el barrio. Me muestra los
grafitis y los memoriales. Me dice que su hermano y su padre pertenecieron al
IRA. Me dice que su hermano fue muerto a manos de la policía invasora. Me dice
que ha rechazado el pasaporte británico y solo posee el irlandés. Todos,
católicos y protestantes, me dicen estar contentos de que ya no haya bombas.
Algo de tensión, confiesan, pero no bombas.
Barrio protestante con banderas británicas
En el hotel se me sienta al lado un vecino locuaz que,
me dice, es nacido en Belfast, de familia católica, pero prefiere permanecer en
el Reino Unido. Confiesa que adora Inglaterra y que Irlanda no le incita
sentimiento alguno de pertenencia. Y es que el viajero debe resistirse a la
tentación de ver Irlanda del Norte como esencialmente irlandesa y católica. En
un artículo publicado en el Irish Times
en 1932, se invocaba a los filósofos Berkeley y Burke, a los literatos Yeats,
Swift, Shaw, entre otros, para insistir en que los angloirlandeses eran «la
gente más viril e inteligente de Irlanda». Y quedaban en el tintero nombres
como Oscar Wilde o Samuel Beckett. Los católicos norirlandeses unionistas ven
en Irlanda un reducto de provincianismo, clericalismo, ruralismo; una sociedad
cerrada, catolicona y anquilosada.
Cartel en un barrio protestante
Llegaron a erigirse muros y alambradas entre barrios
colindantes, protestante uno y católico el otro. Aún se conserva algún pedazo.
¿Y si a un católico le aparece una buena opción de compra y decide instalarse
en un barrio protestante o viceversa?, pregunto. La respuesta siempre es la
misma: ya no sucede nada y de hecho empiezan a abundar los casos. No encontrará
una iglesia de su confesión, pero la mayoría de vecinos lo aceptarán sin ningún
problema.
Irlanda había caído en la órbita británica desde el
siglo XII, pero solo había pertenecido al Reino Unido desde 1801. Tras la I
Guerra Mundial se decide crear el estado independiente de Irlanda, pero hay
trampa. El nuevo país (Eire) se compone de los veintiséis condados del sur de
la isla y de tres de la parte norte, conocida como Ulster. Seis condados del
Ulster permanecen bajo tutela británica, conformando la llamada Irlanda del
Norte. A partir de este momento, Irlanda del Norte pasa a ser un polvorín. Atentados
salvajes que rememoran las guerras de religión de otros siglos.
El conflicto adolecía de un tribalismo primitivo y
visceral. A ojos protestantes no existía diferencia entre un miembro del IRA y
un católico cualquiera. Para un católico no cabía distinguir entre un
integrante de los grupos paramilitares unionistas y un protestante de calle.
La situación se recrudeció en 1969; la etapa que va de
ese año hasta 2007 se conoce eufemísticamente como ‘Los Problemas’ (The Troubles). La cifra de víctimas de
estos problemas ascendió a 3700; los heridos suponen diez veces más. El
ejército británico aterrizó en las calles del Ulster y fue bien recibido por
los católicos en un principio. Pero pronto se lo percibió como un aliado del
enemigo. O sea, como al enemigo. Se acusó al ejército de hacer la vista gorda
mientras brigadas unionistas saqueaban e incendiaban casas de católicos. Gran
Bretaña intentaría siempre adoptar el papel de observador neutral, como una
tercera parte en el conflicto. Se utilizaron tácticas terroristas nunca vistas
en el Viejo Continente. El IRA se convirtió en uno de los grupos paramilitares
más sofisticados del mundo. Se utilizó la llamada ‘honey-trap’, rememorando la
insurgencia judía contra los británicos en la Palestina de los años cuarenta.
Activistas del IRA seducían a soldados fuera de servicio que habían sido
sometidos a previa vigilancia. Los conducían entonces, con la promesa de unos
instantes de fiesta, a algún apartado lugar, alguna casa incluso, de cuyas sombras
aparecían hombres que abrían fuego a quemarropa.
Uno de los motivos más replicados en los murales
católicos es el de los muertos durante la huelga de hambre de 1981. Bobby Sands
ocupa un lugar privilegiado en estas composiciones. Diez reclusos se dejaron
morir de hambre. Bobby Sands había sido elegido diputado en el Parlamento
Británico cuando ya se había declarado en huelga. De hecho, no llegaría a
ocupar el escaño, pues la muerte le llegó apenas un mes después de la elección,
con veintiséis años, tras sesenta y seis días en ayuno voluntario. Aprovechó su
estancia en prisión para escribir letras de canciones, varias de ellas editadas
posteriormente.
Mural de Bobby Sands
Fue, precisamente, con una canción sobre el conflicto
norirlandés que saltó a la fama la banda The
Cranberries. ‘Zombie’ hablaba de un atentado del IRA en el que murieron dos
niños. La canción ofrecía un telón opaco de guitarras y la voz portentosa de la
reciente y prematuramente fallecida Dolores O’Riordan, que alternaba con
maestría graves y agudos como de si música popular irlandesa se tratara. El
cine ha desplegado también un abanico variado acerca del conflicto: En el nombre del padre, Elephant, El viento que agita la cebada o Hunger.
Esta última sobre la huelga de hambre liderada por Bobby Sands.
A mediados de los años noventa, las armas callaron.
Los proirlandeses me dicen que confían en que el Brexit resulte una catástrofe
y en la natalidad. Sí, en la natalidad: los católicos tienen más hijos que los
protestantes y, por tanto, podrían ser mayoría en unos años. Ya ven, de los
atentados a la coyunda; sin duda, el mundo avanza para bien.







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